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domingo, 11 de diciembre de 2016

El intestino no es nuestro segundo cerebro

Cada vez escucho con más frecuencia decir que el intestino es nuestro segundo cerebro. Seguramente os sonará el tema, y si buscáis sobre él es fácil encontrar en las librerías dietas basadas en esta idea. Sin embargo, el problema de estos libros, cuya promoción y defensores he encontrado en periódicos importantes, es que suelen tomar algunos datos científicos reales, e interpretarlos de un modo sesgado a la vez que los juntan con afirmaciones poco rigurosas. Así que para desmontar algunas de las interpretaciones erróneas que tienen estos libros, y ya de paso aprender un poco de neurobiología, voy a pasar por tres de los principales argumentos científicos que usan para defender que el intestino es nuestro segundo cerebro.

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 El intestino no es nuestro segundo cerebro

martes, 30 de agosto de 2016

Flatulencias, también llamadas pedos

Tenemos gases atrapados en el cuerpo y la mayor parte de ellos los reabsorbemos parcial o totalmente. Sin embargo, en el tubo digestivo, y sobre todo en el intestino, tenemos gases, sintetizados en su mayor parte durante el proceso de digestión, que son expulsados por el ano. Son ventosidades o flatulencias o, si se quiere, pedos. Algo que todos conocemos y de lo que se habla, o escribe, poco, incluso por científicos y divulgadores. Las hay de dos tipos, en general, unas son suaves, controladas y sin ruido, con poco volumen de gases, y otras son fuertes, sonoras y repentinas, con poco control y mucho gas. Todos los animales expulsan gases de su sistema digestivo, incluyendo invertebrados como algunos gusanos, insectos y hormigas, así como aves, peces, reptiles y, por supuesto, mamíferos.

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 Flatulencias, también llamadas pedos

martes, 10 de mayo de 2016

Indiana Jones y el intestino grueso

Imaginemos a Indiana Jones entrando en un bar, pero no en un antro cualquiera sino en uno situado en la frontera de Siberia. Ahora bien, Indiana no es ningún tonto y se da cuenta de que algo no cuadra: hay gente muy rara en aquel lugar. Uno de ellos tiene tatuajes que lo identifican como un soldado de élite ruso, otro de los parroquianos mira a todos intentando adivinar las intenciones de los demás y, por último, el más desconcertante de todos ellos es un señor que parece un académico que no ha probado el alcohol en su vida —creedme, un bar en la fría Siberia no es lugar para un abstemio— Indiana no tarda en darse cuenta de la situación y de repente se acerca al personaje con pinta de académico, hace un chiste en ruso que nadie más puede entender y se destapa toda la historia. Ahora es obvio que un equipo de gente malvada está buscando el mismo tesoro que nuestro héroe, así que acto seguido se forma una pelea que hace volar todos los muebles del bar.

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 Indiana Jones y el intestino grueso