Cuenta Andrea Wulf en su biografía sobre Alexander von Humboldt, que mientras exploraba las selvas de Sudamérica el naturalista alemán probaba el agua de los distintos ríos "como un entendido en vinos".
El Orinoco le resultaba "desagradable", mientras que el río Atabapo
estaba "delicioso". Unos años antes, mientras trataba de encontrar un
paso al sur de las Indias, Magallanes se
internó en el Río la Plata y no se dio cuenta de su error hasta que no
se dio un trago de agua dulce. Han pasado varios siglos y algunos
científicos siguen probando el sabor del agua en busca de respuestas.
"Cuando pruebas las aguas ácidas y ferruginosas de la Cascada de los
Colores en la Caldera de Taburiente", explica Carlos Briones, investigador de Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), "ese sabor a medio camino entre el zumo de limón y la sangre no se te olvida nunca".
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Lo que los científicos se llevan a la boca
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lunes, 10 de octubre de 2016
martes, 7 de junio de 2016
Innombrable, incalificable
Tras haber pasado más de tres meses (en realidad catorce semanas)
divulgando sobre ciencia pura y dura, tengo que volver al origen porque
siguen ocurriendo cosas que me hacen hervir la sangre. Y es que, igual
que me calienta mucho el leer o escuchar ciertas cosas y me pongo de
uñas con la gente que las dice, también me toca mucho la bolsa escrotal
el extremo contrario. Es precisamente el caso que os traigo esta semana y
que, creo, también conviene comentar bajo la lupa de la indignación y
el cabreo más absolutos.
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