“Papá, me he equivocado”, dijo Mario Rodríguez a su padre una semana
antes de morir. “No, hijo mío, tú no te has equivocado. Te han mareado
la cabeza”, le respondió su padre. Mario murió el 3 de julio de 2013.
Tenía 21 años y estudiaba Físicas en la Universidad de Valencia. El 7 de
enero había ido al médico “por unas manchas en la piel y otros
síntomas. Le diagnosticaron leucemia y le dijeron que tenía que
someterse a quimioterapia y un trasplante de médula”, recuerda Julián
Rodríguez. Empezó con la quimioterapia y, en la cama del hospital,
recibió en paralelo el tratamiento indicado por un individuo que había
convencido a su madre, “una mujer muy crédula y enemiga de la medicina
científica”, de que podía curarle con “medicina ortomolecular y naturista”.
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Terapias peligrosas
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